El 3 de marzo y la modélica transición. Por Jon Martínez Larrea

El 40 aniversario de la masacre del 3 de marzo de 1976 vuelve a poner encima de la mesa el debate sobre la transición, poniendo en duda la versión hegemónica que nos habla de una transición modélica y pacífica, ensalzada por los partidos mayoritarios, grandes medios de comunicación, libros de texto y un sector importante de la historiografía.

La matanza de cinco obreros vitorianos a manos de la policía es uno de tantos hechos que ponen en cuestión dicha versión. Se podría alegar que por un acontecimiento concreto no se puede evaluar todo un proceso, pero lo cierto es que no se trata de un caso aislado, ya que la impune violencia policial fue uno de los componentes del cambio político. Mientras, que por otro lado, muestra las intenciones de los sectores reformistas del franquismo de controlar el proceso de cambio de régimen a cualquier precio, con el fin de evitar una salida rupturista que pudiera poner en juego el status quo.

Han sido 40 años de impunidad, ya que ningún responsable ha tenido ni siquiera que dar explicaciones, y la inverosímil versión oficial sigue inmutable. Sin embargo, como cantaba Lluis Llach las memorias de los familiares y las victimas les siguen persiguiendo, y han conseguido ver una pequeña luz al final del túnel gracias a la querella argentina contra el franquismo.

Todo el poder para la asamblea

Aquel 3 de marzo de 1976 fue el bautizo de sangre de una nueva ciudad que se había visto transformada por un rápido proceso industrializador, que tuvo como resultado el nacimiento de una joven clase obrera de orígenes diversos y sin apenas experiencia de lucha.

A partir de los años setenta fueron surgiendo pequeños núcleos opositores (Organización de Clase Anticapitalista, LCR-ETA VI, PSOE, ORT, CECO, CONE…), ninguno de los cuales tuvo fuerza para tener un papel hegemónico en la ciudad, lo que les llevó a formar a finales de 1974 la Coordinadora Obrera de Vitoria, como medio de unificar las distintas luchas y reivindicaciones en torno a una plataforma reivindicativa que sería la base de la de 1976.

La huelga comenzó el 9 de enero de 1976 en Forjas Alavesas y en apenas dos meses se fue extendiendo por diversas factorías, las asambleas se multiplicaron en las iglesias y los enfrentamientos con la policía se fueron haciendo cada vez más frecuentes.

Las asambleas (de fábrica, de mujeres, de obreros no parados, conjuntas o de barrio) se convirtieron en el epicentro de la lucha, allí se debatía, se tomaban las decisiones sobre el desarrollo de la huelga, y se elegían las Comisiones Representativas, anulando de facto el papel de los enlaces y jurados del Sindicato Vertical. El asamblearismo, a su vez, sirvió para extender rápidamente la lucha a amplios sectores de la población que hasta el momento no habían tenido ninguna participación política.

Una de las reivindicaciones básicas fue la subida lineal de 5.000 pesetas que pretendía romper con la división entre los obreros, la cual se agravaba con las subidas porcentuales, a lo que se añadió 40 horas semanales de jornada, 100% del sueldo en caso de accidente o enfermedad y la jubilación a los 60 años.

Este proceso huelguístico no estuvo exento de altibajos, contradicciones y diferencias. De estas dificultades, pero también de la rápida concienciación obrera que estaban viviendo, daban cuenta en sus asambleas los y las obreras de Areitio:
Alerta contra las presiones que podemos recibir de nuestras propias familias, nos falta mentalidad. La sociedad nos hace pensar con mentalidad de ricos pero nos condena a ser pobres toda la vida.

Esta lucha actual, aunque dura y dolorosa, para los trabajadores: nos mentaliza, nos une y nos ayuda a descubrir las explotaciones en que vivimos. Los capitalistas se sirven del Sindicato Oficial que no nos sirve a nosotros y de la policía que nos golpea sin consideración y de la prensa que miente y nos amenaza. Ellos se unen para explotarnos, nosotros unidos para defendernos. Sus leyes son injustas, las hacen ellos para defender sus intereses. No tenemos porque obedecerlas. (Grupo de Trabajo Alternativa, Informe Vitoria: una gran experiencia de lucha, 1976, P.120)

La negativa de la patronal a negociar con las Comisiones Representativas elegidas por las asambleas, los despidos y las detenciones, fueron haciendo que las demandas laborales quedasen en segundo plano; mientras que la lucha antirrepresiva y por las libertades políticas y sindicales fue ganando fuerza.

No podemos obviar el papel jugado por las mujeres, por un lado es destacable la lucha de las obreras de Areitio, que constataron que eran doblemente explotadas al ser mujeres y obreras:

La empresa empezó por tener más hombres que mujeres. Ahora somos muchas más las mujeres. Razón: la mano de obra de la mujer les sale más barata. Esto no deja de ser una explotación. A igual trabajo y rendimiento, el mismo salario, pero vemos que no es así, sino que las diferencias son de 4.000 a 6.000 pesetas. (Grupo de Trabajo Alternativa, Informe Vitoria: una gran experiencia de lucha, 1976, P.109)

Por otro lado, las amas de casa, también organizadas en asambleas, consiguieron visibilizar las consecuencias de la huelga mediante las marchas con bolsas vacías, y añadir a las reivindicaciones la situación de los barrios en lo referente a la falta de sanidad o guarderías. Consiguiendo de este modo extender la lucha más allá de los sectores obreros.

El 3 de marzo, la huelga general fue éxito desde primera hora de la mañana, el paro fue total tanto en las fábricas como en las empresas, incluida Michelín, que no paraba desde la fallida huelga de 1972. Desde la mañana el ambiente estaba enrarecido y se produjeron los primeros heridos de bala, pero sería hacia las cinco de la tarde, hora en la que estaba convocada una asamblea en la iglesia de San Francisco, cuando sonaron las campanadas a la muerte. Tras gasear una iglesia repleta, recibieron con disparos a los que trataban de huir de aquel infierno, el resultado cinco muertos y cientos de heridos. Las grabaciones de las conversaciones policiales dan cuenta de la magnitud de la tragedia.

Ruptura desde abajo vs. Reforma desde arriba

Casi sin enterarse, el movimiento huelguístico vitoriano cuestionó el cambio que se estaba realizando desde arriba, desde las instituciones del régimen franquista, poniendo en práctica alternativas democratizadoras desde abajo, al mismo tiempo que impugnaba las bases de las instituciones franquistas, especialmente el Sindicato Vertical.

No cabe duda de que lo ocurrido en Vitoria fue uno de los motivos de la caída del gobierno Arias-Fraga, lo que aceleraría el proceso de cambio. En aquel contexto de 1976, en el que las huelgas se multiplicaban por doquier, el proceso transicional estuvo pendiente de un hilo, y un posible contagio de la experiencia vitoriana, por su naturaleza asamblearia imposible de coaptar o controlar, era una amenaza que los franquistas reformistas quisieron atajar a cualquier precio. A ojos de la policía:

Aquel no fue un episodio causal ni suscitado por los imponderables. Obedeció a una actitud preconcebida del sector subversivo de extrema izquierda que, en utilización oportunista de una situación laboral-conflictiva demasiado prolongada y enrarecida, quiso provocar un ensayo de levantamiento insurreccional que, sobre determinar la represión sangrienta y el consiguiente deterioro de la imagen reformista gubernamental, supusiera el punto de arranque desencadenador de la Huelga General Revolucionaria a escala nacional.

El 3 de marzo de Vitoria, día de Huelga General, convocada por la subversión, no puede pasar como un suceso luctuoso más o como una provocación añadida a la lista de actos dirigidos a liquidar el Estado de derecho constituido. Es algo más, por lo que tiene de sintomático y por lo que revela de predisposición, desde las organizaciones ilegales, a radicalizar extremadamente la protesta generada (quizá (sic) legítimamente, que esa ya es otra cuestión) en el seno del movimiento obrero. (Boletín informativo nº 26 de 6 de julio de 1976, Comisaría General de Investigación Social, Archivo Histórico Nacional-Fondos Contemporáneos)

Había que evitar a toda costa una posible salida revolucionaria o rupturista, como muestran las medidas de orden político que aparecían en la Memoria del Gobierno Civil de Álava, correspondiente al año 1975, pero fechada en mayo de 1976:

…como tónica general es aconsejable intensificar la acción de captación de las más anchas zonas intermedias del espectro político, de manera que la línea divisoria no se trace por el centro, lo cual traería una polarización de dos facciones extremas, sino trazar dos divisorias que incluyan entre sí a la gran mayoría moderada y dejen fuera, solamente, a las minorías más radicalizadas de uno y otro signo en cuanto supongan una tendencia separatista, totalitaria o subversiva. (Memoria del Gobierno Civil de Álava, año 1975, Archivo Histórico Provincial de Álava, Subd. 704-5)

Es decir, había que atraerse a los sectores moderados de la oposición y aislar a los rupturistas. El cambio de gobierno y la aceleración del proceso en manos de Adolfo Suarez, que supo atraerse al PSOE y al PCE, y aplacar la conflictividad obrera mediante los Pactos de la Moncloa, fueron claves para evitar una salida rupturista.

 

Fuente: Diagonal

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